Para hablar de ella

Me tiembla el pulso cuando comienzo a escribir su breve historia, porque su recuerdo es sagrado para todas las personas que aún la lloramos y seguimos preguntándonos qué se podía haber hecho para evitar que se fuera.

Me asusta contar su historia y no poder controlar la ira, o dejar a medias este escrito y que ella se convierta en una cifra más en las tasa de mortalidad infantil. También me preocupa relatar una tragedia sin un fin consolador, esperanzador o, al menos, con una promesa de que algún día podremos evitar el absurdo de una muerte temprana.

Estas palabras son para ti, Kamisa, que te fuiste en la soledad de un hospital sin alma y sin recursos, mientras tu madre amantaba a sus hijos gemelos en una choza sin dirección postal, sin marca en el mapa, esperando tu regreso con los ojos de silencio y miedo.

Para ti, que dejaste de sonreír hace un tiempo cuando tus delgadas piernas se negaron a seguir por un incierto camino sin señales, sin sueños de infancia, sin la candidez de la inocencia. Mirabas escondida tras tus inmensas pestañas sin risa cómo el mundo se oscurecía al son de la cuerda que saltaban otras niñas, al ritmo de la lluvia y de las horas más calurosas que nunca de este año. Guardabas  secretos que nunca pudimos desvelar y a veces nos regalabas una sonrisa tranquilizadora, como diciendo que no hay culpables, que la vida es esto, una eterna despedida salpicada de mensajes de bienvenida a los que llegan.

No tiraré la primera piedra en tu nombre, porque las canteras del odio ya están vacías, porque queremos recordarte sin rabia y sin el dolor que empañaría tu corto viaje por el mundo.

Te dijimos adiós desde lejos y la distancia se nos atragantó en la voz para unirse a tus mil silencios. Tu madre quiere una foto para recordarte, tu padre una explicación y nosotras queremos que seas la última niña perdida, que no se repita la infamia, que nazcas en la parte amable del mundo la próxima vez.

Por ti, kamisa, me atrevo a vencer el miedo a contar este cuento sin perdices y sin felicidad alguna, por ti seguimos llorando a escondidas para que nadie se asuste y deje de leerte. De leer tus ojos preciosos y tus largas manos, de leer tus piernas como juncos del río y tu último paseo en bicicleta o la última vez que tu madre te trenzó el cabello.

Leer en tu cuerpo que nada importa cuando a nadie le importa, que los días pasan y se van llevando tu rastro hacia la sabana para dar paso a otros niños y a otras niñas que irrumpen en la aldea llenos de vida nueva.

Para ti, Kamisa, quiero palabras dulces y una esperanza sin consuelo, quiero pensarte corriendo entre los baobabs detrás de los pájaros azules, los de la cola larga, esos que se asoman al camino para picotear la alegría que grupitos de escolares dejan caer.

Para ti, Kamisa, quiero la paz que nos han robado y que el viento te lleve muy lejos, allí donde el sol se apiada de las gentes y la lluvia no anega los senderos que te llevan de vuelta a casa.

Una sonrisa para ti y una oración incrédula suplicando que alguien perdone a un dios por el olvido. Un recuerdo tatuado en cada una de nosotras, que proclama un “venceremos” y todo nuestro amor.

Kamisa murió en el Hospital de Tambacounda el viernes 6 de Octubre de 2017, sin diagnóstico y sin una esperanza a la que asirse en la despedida.

Pepi Farray – Presidenta de la Fundación Canaria Farrah para la Cooperación y el Desarrollo Sostenible.

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