La patria del hambre

Acabo de llegar de Sare Bala, una pequeña aldea entre Senegal y Gambia, dividida por los idiomas que se enseñan en sus escuelas, francés a un lado, inglés al otro, y que nadie habla. Porque todos hablan la lengua pular, y el lenguaje de la risa o el llanto compartido.

El marido de una mujer de la zona de Gambia murió hace días abatido por un árbol bajo las lluvias torrenciales, todos y todas le lloraron, y a la mujer le duró poco la viudedad porque murió ayer de parto, ella y su bebé no nacido se ahogaron en la impotencia de tener el hospital muy lejos y ningún coche para intentar llegar.

Todos lloramos, a sus tres hijos y su hija de cinco años les han adoptado sus familiares de un lado, y del otro. Porque aquí no ondean las banderas, ni los himnos, ni siquiera ondea la justicia en horizonte naranja de la tarde.

Las gentes de Sare bala proceden de los fulani, forman parte del pueblo nómada más grande del mundo, se han asentado en territorios extensos en grupos familiares dispersos y alejados, celosos de su intimidad y de su libertad. Pero están unidos por profundos lazos solidarios, mas sólidos que una Nación, que un Estado, que una Ley, y la tierra es de todos y el hambre también.

En la patria del hambre, se siembran cada amanecer miguitas de concordia y se ahuyenta a la muerte con hogueras que disipan el miedo, porque no hay un “yo” sino un “todos”, y la salvación viene asida de la mano amiga.

En la patria del hambre, el cielo está bajito para cobijarnos de las soledades y de las despedidas tempranas. Y si muere una madre las nubes lloran torrenciales desconsuelos, y cada vez que muere un niño, o una niña, todos nos morimos un poco y todos nos sentimos huérfanos en este mundo cosido a fronteras.

La gente de Sare Bala procede de los Fulani, una etnia que vive enredada entre el aire y el susurro de sus ancestros, y a la que no le queda ya casi recuerdo de sus antiguos reyes.

La gente de allí es generosa y te sirven bandejas de hospitalidad y agua del pozo, se mantiene en pie y baila por el afilado hilo de las tramas de los gobiernos, cantan canciones mudas porque nadie les escucha y alguien estará ahora ahuyentando los mosquitos de una frente que barrunta malaria. Pero te aseguro que antes de irse a dormir se pintan una sonrisa para saludar al mañana.

Allí se carga el agua en garrafas y la leña sobre la cabeza y se transita con el peso del olvido sobre los hombros. Allí se ríe cada gesto y cada palabra con una gramática sencilla pero universal, una lengua que el resto del universo no escucha.

Me fui prometiendo volver mañana, Django Bimbi, pronto, antes de que llegue la sequía y se desnutran los campos y los calderos. Salí de la única patria que reconozco como mía y me siento extranjera en este lado tan oscuro, en el que los noticiarios gritan grandes noticias y profecías.

No lo leerás en ningún lado, ni la radio te lo susurra al oído: ha muerto una madre y el hijo o la hija que iba a nacerle, allí, tan cerca de nuestra burbuja que si emprendiera ahora el camino de vuelta llegaría allí mañana al mediodía, a tiempo de compartir la olla de arroz y maní, de abrazar a Assisatou y de que me perdonen las ausencias.

Si has leído estas líneas, y has puesto ojos de luto por los que cada día mueren de hambre, ponte en pie. Entonemos juntas y juntos el himno de batalla de la Patria del hambre, de la que nos separa sólo nuestro miedo a perder el sueño .

Buenas noches sin sueño.

Pepi Farray – Presidenta de la Fundación Canaria Farrah para la Cooperación y el Desarrollo Sostenible.

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