Grita sus nombres.

Llevé mi silla de ruedas a Sare Bala. Una silla de ruedas que sólo utilicé este verano para mi fractura de peroné y me hizo la vida aún más fácil a este lado del planeta. Una silla que llegó a Sare Bala con un nombre ya escrito: Kamisa.

Kamisa tiene once años y se levantó una mañana de Julio sin poder mover sus jóvenes piernas, como un potrillo indefenso, preguntándose por qué planeó sobre su choza el mal agüero. Kamisa se pregunta cada mañana si la vida no es más que esto, esperar a que alguien te lleve a Tambacounda a hacerte un escáner demasiado caro, y que alguien dé dinero para el traslado a Dakar, a un hospital que puede tener una respuesta para su problema. Kamisa tiene los ojos muy grandes, como un grito, bajo sus cejas interrogantes, y una cara preciosa que nunca debería haber sido manchada por una lágrima.

Un grito que está en todas partes, en cada niño o niña que sufre, que no entiende por qué y en qué momento los dioses les han hecho un regalo tan amargo. Kamisa tiene mil sonrisas que regalar a cambio de nada, las suyas y las de todos esos niños y niñas que confían en que alguien va a tocar en su puerta con un paquete cargado de futuro.

Los estudios revelan que 3,1 millones de niños muere de hambre cada año, un número que puesto en cifras decimales disimula en espanto y la vergüenza. Kamisa tiene hambre, el hambre de toda la infancia en desamparo, el hambre que acrecienta el olvido y frente a la que cerramos los ojos para no perturbar nuestro sueño.

Pongámonos en pie por ella, que aún sigue esperando un tren que nunca pasará por su puerta, por todos los que nacieron para alimentar las estadísticas de los Organismos Internacionales, que viven sin un  nombre bajo Informes mundiales. Pongámosle nombre a cada cara, a Golo, que le apasiona el fútbol y juega con pelotas hechas con harapos y cuerda, a Binta, que tiene tanta tiña que ya no se rasca, a Fatou, que murió de malaria arropada por los alaridos de su joven madre, a Moussa que tiene el pelo blanco de desnutrición, a él que construye castillos en la arena y a ella que ensarta sueños en un cordel.

Vamos a ponerle nombre a la Infancia, porque detrás de cada cifra hay una personita esperando una respuesta, vamos a perder la voz gritando sus nombres, para que el mundo escuche cada historia no contada, silenciada y escondida en aras de nuestro bienestar.

Hoy, y siempre, Farrah está en pie porque creemos que el mundo está en deuda con los más vulnerables, a los que les debemos protección, cuidado y mimo a su fragilidad y a sus alas rotas.

Hoy, y siempre, queremos recordarte que se puede combatir el espanto. Que vale la pena. Y que las sonrisas infantiles deben ser el único y preciado Patrimonio de la Humanidad.
Desde Sare Bala, una pequeña comunidad al sur de Senegal, te mandamos la  sonrisa de Kamisa, más radiante que todos los soles del planeta, más tierna que todos nuestros corazones juntos. Hay esperanza, ponte en pie.

Pepi Farray – Presidenta de la Fundación Canaria Farrah para la Cooperación y el Desarrollo Sostenible.

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